Yo tenía quince años, ella dieciséis. Era morena, pequeña, delgada y con unos ojos, … unos ojos que cada vez que miraba abrasaban mi corazón adolescente. Venía cada verano y cuando llegaba el curso desaparecía. Me turbaba y yo más me turbaba pensando en ella. Frente a su casa había un pequeño jardín y en él un banco de obra que ya no está.
Una noche, cuando estábamos sentados en aquel banco, señaló uno de los balcones de la fachada de la casa en la que pasaba los veranos: “Ese, el segundo, es el balcón de mi dormitorio”. Otra noche, cuando ya sabía cuál era su habitación, me dijo: “En verano duermo todas las noches desnuda”. ¡Menuda confesión! Durante todos los días de aquel verano no pude dejar de pensar cada vez que la dejaba en su casa y yo volvía a la mía en aquella escena.
Ayer, casualmente, pasé por la puerta de aquella casa. En su balcón había un letrero en el que ponía: “Se vende”. Aquel rótulo alumbró un recuerdo que estaba en lo más oscuro de mi memoria, por un lugar por el que ya no frecuentan los recuerdos. De repente volví a sentir el fresco de aquella noche, el sonido de su voz, el calor de su mirada y, sobre todo, su olor.